Quienes conozcan la bibliografía pertinente sabrán, como lo indica incluso el Manual de diagnóstico de la Sociedad Norteamericana de Psiquiatría en el cual se basa el diagnóstico, que no existen pruebas de laboratorio que certifiquen el carácter biológico de la multiplicidad de síntomas que incluye el ADD y que la medicación es siempre sintomática y no curativa, lo cual da cuenta de que estamos ante un cuadro descripto pero no explicado, cuya causalidad permanece no resuelta. Cuadro que incluye una gama muy diversa de síntomas y que presenta modos diversos de evolución en la adolescencia, lo cual da cuenta de que no abarca una patología sino más bien un malestar generalizado que puede estar determinado desde distintas vertientes y cuyo desenlace va desde la desaparición espontánea lisa y llana hasta la evolución franca hacia patologías graves cuyos síntomas son predecibles, incluso tratables, desde la primera infancia, si se toman los recaudos adecuados despojándose del facilísimo que posibilita una etiquetación tan reasegurante como ineficaz.

Pero más allá de estas cuestiones de carácter específico en el campo terapéutico, a lo que asistimos es una verdadera caza de brujas en el campo neurológico-psiquiátrico de la infancia: una farmacologización de los tiempos de constitución del sujeto cuyos alcances se muestran descarnadamente cuando asistimos al hecho de carácter delictivo de que una población entera de niños de una guardería se ve presuntamente sedada por los directivos en aras de mantenerlos tranquilos –inmovilizados -, o cuando padres y docentes, acosados por la realidad, dejando de lado convicciones y experiencia acumulada, por cansancio o debilidad, devienen cómplices de este verdadero silenciamiento del malestar que se oculta tras el empleo masivo de modificadores bioquímicos.

Si el maltrato físico ha cedido como modo represivo en la infancia, la medicación no puede ser el relevo sofisticado que maniate toda manifestación de la diferencia; no olvidemos que, después de todo, la vejación más terrible que padecieron los disidentes soviéticos en el archipiélago Gulag no consistió en los castigos corporales sino en su aislamiento y psiquiatrización, una forma de descalificar la razón cuando ésta no coincide con la del establishment de turno. En el caso de los niños, más que de la condena biológica se trata de buscar el modo de reconocimiento de las singularidades y sufrimientos en juego, estando atento a los síntomas sociales que hacen retornar periódicamente la ilusión de automatización exitosa con la cual la postergación de la felicidad deviene sofocamiento de toda posibilidad creativa.