Cada vez con mayor frecuencia, llegan a las unidades de salud pública o a los consultorios privados, niños derivados por las escuelas por problemas en sus aprendizajes y/o comportamiento. Generalmente en la derivación ya se deja constancia de una “sugerencia diagnóstica”, siendo las más comunes los trastornos neurológicos o psiquiátricos como el Trastorno por Déficit Atencional (T.D.A. ó A.D.D.) o el Trastorno Oposicionista Desafiante (T.O.D.) ó, últimamente, con un auge creciente el Trastorno Generalizado del Desarrollo (T.G.D.). Algunas veces se sugiere derivación a escuela especial y con frecuencia la obtención de un certificado de discapacidad para tener acceso a los tratamientos necesarios, sin medir las consecuencias subjetivas para el niño y su familia, de este tipo de indicaciones, en relación tanto a su presente, como al futuro.

Centrar el problema en el niño oculta las dificultades que podrían estar existiendo en diferentes espacios. Es en ese escenario donde, con frecuencia, aparecen los supuestos trastornos de aprendizaje y/o conducta y se ubica el foco en el individuo que debería aprender y no aprende, en el que debería comportarse y por el contrario incomoda. Los discursos imperantes tanto de profesionales de la educación como de la salud hacen creer que la escuela y más extensamente la sociedad, es “víctima de niños inadecuados, anormales, enfermos”, sin cuestionarse si existe alguna relación entre la creciente cantidad de niños con “supuestos trastornos” y la inadecuación del sistema escolar (Moysés y Collares, 2011) o la vida cotidiana que llevamos los adultos, sin tiempo para la crianza, con muchas dificultades para estar en disponibilidad en ese periodo de gran demanda que es la infancia, debido a las feroces exigencias a las que nos encontramos sometidos en el afán de sostenernos en un sistema que reclama altísimos niveles de productividad para poder subsistir en él.

Para entender cómo se construyen los procesos de patologización y medicalización nos apoyaremos en algunos referentes teóricos:

G. Canguilhem (1943) define Normal como promedio, aquello que es “como debe ser”, un modo de unificar lo diverso. Sin embargo, quién determina y bajo qué condiciones se define lo que se “debe ser”. ¿Se puede pensar estas categorías por fuera de su época histórica, por fuera de una ideología dominante? El autor proponía que el ser vivo y el ambiente no son normales tomados por separado, sino que será en esa relación que se establecerán las bases para pensar qué es normal en determinado momento. Desde esta perspectiva se propone que lo normal no es una formulación estática o pacífica, sino que es un concepto dinámico y polémico.

Foucault (2008, p21) plantea que “La enfermedad es, en una época determinada y en una sociedad concreta, aquello que se encuentra práctica o teóricamente medicalizado”. Se considera el proceso de medicalización como fundamental para entender cómo los sujetos y las sociedades se transforman en blancos de intervención de los dispositivos del poder. P. Conrad (2007) formula que la cuestión central para instalar los procesos de medicalización está en definir un problema en términos médicos, utilizar terminología médica para describirlo, referir a un marco médico para abordarlo y valerse de las intervenciones médicas para tratarlo (Faraone y cols, 2010). Cuando problemas que están por fuera del área de la medicina son definidos en términos de déficit o trastornos y abordados como problemas médicos, estamos ante un proceso de medicalización de la vida.

Así la medicina queda dotada de un poder autoritario con funciones normalizadoras que van más allá de la existencia de las enfermedades y de la demanda del enfermo. No hay campo exterior a la medicina. La biohistoria es el modo de pensar los efectos en el ámbito biológico de la intervención médica. La huella que deja en la historia humana dicha intervención. Será necesario interrogarnos acerca de las consecuencias del Saber Médico en la vida de las personas. (Foucault, op.cit.).

Para T. Szasz (2007): la medicalización no es medicina, ni ciencia; es una estrategia semántica y social, que beneficia a pocas personas y daña a muchas otras.

P. Conrad (op. cit.) plantea las consecuencias de los procesos de medicalización: 1- La expansión creciente de las áreas de incumbencia de la medicina, fomentada por una industria farmacéutica crecientemente poderosa y rentable; 2- El uso de diversas tecnologías por parte de la medicina para el tratamiento del comportamiento anormal. La utilización de mecanismos tecnológicos que contribuyen al sostenimiento del status quo, con efectos en los sujetos (sobre todo en los niños) que en ocasiones resultan irreversibles; 3- Se deforma la realidad y se promueve el control social en nombre de la salud (Faraone, S., 2010).

Procesos de Patologización

Cuando características como la tristeza, la inquietud infantil, la timidez, la rebeldía adolescente, que son inherentes a lo humano, se transforman en patología nos encontramos ante un proceso de patologización de la vida. Este proceso lleva a concebir como enfermas ciertas particularidades de los sujetos, lo cual implica un conjunto de operaciones políticas, programas, estrategias y dispositivos; intervenciones puntuales; campos argumentales; cuyos efectos ubican en un lugar de enfermo/a, o de potencialmente enfermo o anormal o pasible de traumatización o desubjetivización, a aquellos individuos que quedan por fuera de los criterios de normalidad de su época (Korinfeld, D., 2005). Esto involucra siempre una modalidad de saber que es solidaria de un ejercicio del poder.

¿Cuáles son los pasos que instalan el proceso de patologización en el campo de la salud mental? 1- En principio suele haber una búsqueda de causa unívoca y determinista. 2- Impera un paradigma fijo de normalidad y todo lo que queda por fuera se califica como anormal. 3- Se produce un acto de nominación que construye una clasificación que da sentido a todo lo que le ocurre a ese sujeto y su vida pasa a ser leída desde esa única condición. 4- A partir de aquí toda la historia de ese sujeto, su pasado, su presente y su futuro estará atravesado por dicha categorización.

Cuando la maquinaria patologizadora se instala, sobre todo en la infancia, puede estar incentivada por la medicina, pero también por la psicología e incluso cierto psicoanálisis o por la institución escolar, esto invisibiliza una trama socio-política de la cual el sujeto es su objeto. Cuando un niño fracasa en la escuela y este fracaso es atribuido exclusivamente a su TDAH (de supuesto origen genético), o también podría ser a sus vínculos familiares (problemática emocional), sin revisar toda la complejidad implicada que promueve dicho fracaso, entonces el proceso de patologización está en marcha. La mayoría de las veces esto ocurre sin que ninguno de los actores pueda percibirlo, generando una marca persistente en la subjetividad en construcción del niño, que va a determinar su presente, tanto como su porvenir.

El proceso medicamentalizador

La expansión de las áreas de incumbencia de la medicina se encuentra fomentada por una industria creciente y poderosa que ha dado lugar al proceso de medicamentalización de la vida (Iriart, 2008). Esta forma de intervención busca la adaptación de los sujetos a las condiciones de exigencia actuales, muchas veces sin medir costos, lo cual lleva con frecuencia a los adultos a introducir y naturalizar el aumento exponencial de consumo de psicofármacos en la infancia buscando la adaptación del niño a las exigencias que le impone la época, sin medir las consecuencias a largo plazo de dichas intrusiones.

Estos fármacos se están utilizando en la infancia para controlar las conductas de los niños y adaptarlos a un sistema, que en su estructura central no ha variado en los últimos tres siglos. Continuamos educando con métodos del siglo XIX a niños del siglo XXI.

Investigaciones en diferentes países dan cuenta del aumento de niños diagnosticados y medicados por diferentes trastornos, sin que haya ninguna comprobación científica al respecto, y que en definitiva ponen en evidencia la falta de voluntad política para resolver los desafíos que nos presenta la infancia actual.

F. Baughman (1999), neurólogo estadounidense, afirma con respecto al T.D.A.H. que “El país ha sido llevado a creer que cada emoción molesta es una enfermedad mental, y quienes dirigen la Asociación Psiquiátrica Americana saben muy bien que la están promoviendo como enfermedad cuando no hay información científica que confirme cualquier enfermedad mental”. Más del 9% de los jóvenes consume Metilfenidato, prescripto por un médico, sin embargo a esto hay que añadirle una cantidad indeterminada de personas que lo consume de modo ilegal debido a los efectos similares a la cocaína. Aunque los laboratorios insisten en su inocuidad, la DEA (Drug Enforcement Administration), la considera como una sustancia de "alto potencial para el abuso", y la coloca en la misma lista de riesgo que la cocaína o las anfetaminas.

María Noel Miguez (2011), investigadora uruguaya, sostiene que alrededor del 30% de los niños uruguayos, de las escuelas que fueron relevadas, está siendo medicado con psicofármacos. El Ministerio de Salud Pública Uruguaya no tiene cuantificado el consumo de psicofármacos, sin embargo son los encargados de proporcionar las medicaciones a través de sus planes de salud. Las estrategias difieren según el contexto económico-social de proveniencia de los niños. La medicación de niños de contexto crítico se calcula entre un 15% y un 20%, pero lo más significativo es la mayor derivación a educación especial de estos niños, allí un 80% de los niños son medicados. En estas escuelas los alumnos comienzan a ser medicados cada vez desde más pequeños, cada vez con dosis más fuertes y además empieza la reducción horaria, se le hace el pase a escuela especial y finalmente termina siendo un niño o niña con problemas de conducta -por cuestiones contextuales- en una institución especial, en una situación de discapacidad, sin tener ninguna deficiencia. Asimismo, en el contexto privado ocurre un fenómeno diferente, se sobreexige académicamente a los alumnos y muchos niños no pueden responder a ese ritmo académico, por lo tanto la medicación se utiliza para que puedan seguir siendo productivos y reproducir la lógica de mercado.

En Argentina fue registrado un aumento del consumo de Metilfenidato desde 1994 al 2005 de 900%. En las zonas de mayor poder adquisitivo hay colegios que tienen hasta un 30% de chicos medicados con psicoestimulantes.

La Dra Faraone y su equipo realizaron una investigación en todo el país. El Departamento de Psicotrópicos y Estupefaciente de la ANMAT proporcionó datos sobre importación de Metilfenidato correspondientes al período 2005-2008, donde se aprecia un significativo incremento, de 47.91 kg en el 2007 a 81.75kg en el 2008. Se halló como dato relevante el uso del fármaco como medio para la construcción diagnóstica. Esto quiere decir que, en numerosas ocasiones, los niños son medicados con psicoestimulantes y se les dice a los padres que si ven que sus hijos están mejor, esto significa que el niño tiene TDA-H. Por supuesto es una falacia, ya que de acuerdo a la sensibilidad a la droga, muchos sujetos cambian sus niveles atencionales cuando consumen el medicamento.

En Chile el crecimiento de niños diagnosticados por TDA-H fue de un 253% tan solo en el año 2012. El dato significativo es que esto ocurrió luego de que el gobierno pasara a aumentar en un 196% la subvención escolar para aquellos institutos que tengan alumnos con diagnóstico de TDA-H. Es decir, por cada niño con diagnóstico de TDA, la escuela recibe dinero extra, que supuestamente debería destinarse a mejorar los recursos educativos. Sin embargo, la estrategia mayoritariamente aplicada es la medicación. La importación de Metilfenidato en Chile pasó de 24,2 kilos en 2000 a 297,4 Kilos en 2011.

En Brasil, la venta de Metilfenidato en farmacias, pasó de 71000 cajas en el 2001 a dos millones de cajas en el 2010, según datos del instituto de Defensa de los Usuarios (Moysés y Collares, 2011). En el estado de San Pablo, la distribución de Metilfenidato por la Red Pública de Salud, subió de 43380 comprimidos en el 2005 a 1263166 en el 2011 (Fórum Sobre Medicalização da Educação e da Sociedade, 2012). El Metilfenidato es conocido como “la droga de la obediencia”.

Como se puede observar este es un problema que excede ampliamente la cuestión de por qué un niño no aprende, no se comporta, o no se queda quieto en la escuela y tampoco es una cuestión que atañe sólo a las políticas en salud y/o educación de un único país. Lo que preocupa especialmente es la banalización y generalización del consumo de psicofármacos, a nivel mundial, en la infancia y los intentos de simplificación de problemáticas tan complejas.

Discusiones teórico-clínicas

En la mayoría de las consultas clínicas el problema suele estar centrado en el niño, en el “diagnóstico” de una enfermedad o trastorno inherente al mismo, suponiendo que esta es la pretendida causa de los problemas de aprendizaje y/o comportamiento. A partir de 1980, con la llegada del DSM IV, ocurre la progresiva ocupación de ese espacio por supuestas disfunciones neurológicas, a tal punto que hoy la mayoría de los discursos medicalizantes refieren a dislexia, TDA-H, TOD, sin importar que las hipótesis de enfermedades neurológicas que comprometen exclusivamente el aprendizaje y/o el comportamiento jamás hayan sido comprobadas y son criticadas por la propia medicina. Sin embargo, como discursos dogmáticos resisten inquebrantables. Dogma e intolerancia a cuestionamientos pertenecen al terreno de la fe y los preconceptos, son elementos extraños al mundo de los saberes y conocimientos, que se apoyan en la razón. (Moysés y Collares, 2011)

A continuación presentaré una pequeña viñeta clínica que da cuenta de este fenómeno:

Julieta, es una nena de 7 años, silenciosa, tímida, que no responde al ritmo académico. La escuela la deriva a una consulta neurológica, donde luego de aplicarle un cuestionario y realizarle un electroencefalograma se la diagnostica de TDA y se la medica. La madre se niega a darle la medicación y realiza una consulta psicológica. La madre es paraguaya, a su padre no lo conoce, a la entrevista psicológica vienen la madre y el padrastro. El hombre, de alto poder adquisitivo, controla todas las respuestas de su mujer, la esposa baja la cabeza y no mira a la terapeuta en toda la entrevista. La docente dice que el problema es que la madre es paraguaya y que la niña tiene “un poco de Déficit Atencional”. En el proceso psicodiagnóstico, a la niña le cuesta abrirse, las figuras humanas no tienen manos y cuando se le pide que construya relatos a partir de las láminas del CAT (test de aperceción para niños), se angustia diciendo: no te puedo contar ninguna historia. Los test cognitivos arrojan resultados dentro de la media. La terapeuta solicita una entrevista a solas con la madre, allí ella cuenta con mucho esfuerzo y vergüenza, que su marido le pega y también castiga a la hija, sobre todo por las dificultades en la escuela, entonces ella trata de ocultar los problemas pero cuando la maestra los cita o llega el boletín el marido se pone como loco y reparte golpes para todos lados.

Finalizado el psicodiagnóstico la terapeuta se acerca a la escuela a hablar con la docente, la misma se sorprende de lo relatado ya que el señor le parecía muy correcto y culto. Por otra parte plantea que en la escuela, poco tiempo atrás, había venido una Fundación a dar una capacitación sobre TDA-H y que según su criterio, la niña cumplía con todos los ítems para diagnosticar Trastornos por déficit atencional y que para eso ella podía encontrar tips en internet que ayuden y que seguramente una medicación la podría beneficiar, pero con un padrastro violento ella qué podía hacer.

Cuántas veces nos encontramos con niños que son derivados por no atender, por no parar de moverse o por no producir en la escuela a los cuales se les diagnostica rápidamente TDA y se los medica con psicofármacos, sin comprometerse a la escucha de su sufrimiento y encubriendo graves situaciones de violencia y abusos en su hogar.

En el Hospital de Clínicas de la Universidad Federal de Paraná, Brasil, se analizaron 150 niños que sufrían graves situaciones de violencia familiar. Todos ellos estaban siendo atendidos en diferentes servicios del Hospital, ningún profesional había detectado anteriormente dichas situaciones. Todos habían recibido diferentes diagnósticos neuropsiquiátricos. El 68,54% estaban clasificados como: Dificultades de aprendizaje, TDA-H y fracaso escolar. 127 niños estaban medicados con drogas psicoactivas, algunos por más de la mitad de su vida (Pfeiffer, 2011).

CONCLUSIONES

Entendemos que los problemas de aprendizaje y comportamiento cuya prevalencia crece cada vez más, deben ser comprendidos como producto de una sociedad que propicia modos de vivir cada vez más competitivos, productivistas y direccionados hacia el consumo.Consideramos fundamental comprender los vínculos individuo / sociedad en perspectiva de interrelaciones complejas. La sociedad es un conjunto constituido por la articulación compleja, entre innumerables individualidades, en el mismo proceso que la totalidad de la sociedad constituye la totalidad de cada sujeto que también es por ella constituida. Cada persona es un sujeto histórico y cultural, con las marcas de su época y de su contexto, que deja sus huellas en su tiempo y su espacio.

La biologización basada en una concepción determinista, a partir de la cual todos los aspectos de la vida son determinados por estructuras biológicas que no interactúan con el ambiente, ni con las historias de los sujetos, desaloja de la escena los procesos y fenómenos característicos de la vida en sociedad, con una historicidad, una cultura, valores, afectos, una organización social con sus desigualdades de inserción y de acceso. Reducida la vida a su sustrato biológico, todo el futuro está irreversiblemente determinado desde el inicio; esto prepara el terreno para los procesos de medicalización y patologización. (Moysés y Collares, 2011).

Profesionales de la salud que sólo aplican cuestionarios reducen la complejidad múltiple de las problemáticas en la infancia, cuantificando el sufrimiento y transformando la clínica en procedimientos burocráticos. Así no queda espacio para lo imprevisible, el desafío, la rebeldía. En definitiva, expropiada la esencia de ser niño, solo resta obedecer…

Bibliografía

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